
Hacía mucho que no leía un libro tan bueno. Ambicioso, va más allá de una saga familiar, porque es la saga larguísima en el tiempo de varias familias, con una en el centro, y un violín.
En la novela se tratan el bien y el mal, filosofías, pensamientos, sentimientos, crueldad, ternura, historia, amor, celos, envidias... pocas novelas tratan tantos temas y tan bien.
El hilo temporal no es lineal, no nos lleva desde el pasado remoto hasta el presente, sino que lo va mezclando, llegando a unir dos lugares y dos tiempos y muchos personajes en el mismo párrafo, en el mismo diálogo, como si fueran los pensamientos del protagonista, que van y vienen, que es como las personas pensamos, en realidad.
Similitudes entre personajes de hace siete siglos con otros de hace tres, o de hace cincuenta años y actuales... obsesiones muy humanas, ironía, humor... no he echado casi nada en falta.
Me ha maravillado la habilidad para hilar tiempos tan dispares, situaciones tan diferentes, y además de golpe, ya digo, sin cambiar de párrafo. Conversaciones entre personas vivas y muertas, o con muñecos de indios que el protagonista guarda desde su infancia.
Es la historia de Adrià, un niño de la postguerra española cuyo padre posee una tienda de antigüedades en Barcelona, a la vez que la historia del Vial, un violín de Cremona. Y en esa historia se entremezclan muchas más historias que siempre vienen al caso, completas, definidas. La novela llega hasta la vejez del personaje, que es el que lo cuenta, a veces en primera persona, a veces desde fuera. Y vamos viendo cómo todo (como el mismo autor dice) tiene relación: monjes del año 1300, Auschwitz, siglo XVII, ambiciones, maldad, dinero, amor...
Por lo tanto, novela no sólo recomendable, sino imprescindible. No os defraudará.